Y así nació SAN COCHO, santo patrono de los arrepentidos del día siguiente, protector de las cabezas que retumban, guardián de las gargantas secas y último consuelo de aquel que juró, con la mano en el pecho, que “esa era la última”.
Su milagro no necesita velas ni estampitas. Basta una olla humeante, buen ñame, culantro del que perfuma la casa entera y un caldo capaz de devolverle la esperanza hasta al que amaneció preguntándose por qué tiene un cono de tránsito en la sala.
Porque hay mañanas en que uno no necesita explicaciones. Necesita sancocho.
Un buen plato llega a la mesa echando humo, y con la primera cucharada parece que el alma vuelve despacito al cuerpo. Con la segunda, uno empieza a recordar. Y con la tercera… bueno, quizás hay cosas que es mejor no recordar.
SAN COCHO es un homenaje al sancocho panameño, a nuestras costumbres y a esa fe casi religiosa que tenemos en un buen caldo después de una noche de fiesta.
Así que cuando la goma esté brava, la cabeza no coopere y salga de tu boca el inevitable “yo más nunca tomo”, no pierdas la fe.
¡Encomiéndate Ya!
Porque podrá faltarte la memoria de anoche… pero que nunca te falte un buen sancocho.












